«Las doce piedras»

Antiguos cronistas llamaron «las doce piedras» a un lugar en la orilla derecha del Guadalquivir, junto al Jardín Botánico, que antaño se utilizó como zona de baño. Nada se sabe de las piedras que justificaban el nombre, aunque existen algunas hipótesis.
Ramírez de Arellano asegura que en este punto anclaron los primeros pobladores -los cordobeses turdetanos- un puente de piedra que uniría la Corduba prerromana (localizada en la colina del Parque Cruz Conde) con la campiña, e incluso se aventura a situar en este lugar el primer puente romano, el de Julio César. Otra teoría, más próxima en el tiempo, relaciona la existencia de los peñascos con los restos de la antigua azuda de Alhadra, la que dirigía la corriente del Guadalquivir hacia los molinos que aún hoy emergen junto al puente de San Rafael.
«Las doce piedras» se ocultaron entre la historia y la leyenda hasta que, en 2004, un Simposium Internacional de Escultura puso a disposición de un grupo de artistas otras doce enormes piedras (de tres metros y medio de altura y 16 toneladas; llegaron desde la cantera de Montalegre, Albacete, y costaron 10.000 euros cada una) para que esculpieran sus obras a martillo y cincel, in situ, en una pequeña isla fluvial en la orilla izquierda del río. Desde junio de 2004, el islote quedó rebautizado como isla de las Esculturas (aunque inicialmente se le denominó «Isla omeya»). Coincidencia o no, doce piedras regresaron a este enclave, ahora como obras de arte.
Con el paso del tiempo, la acción del Guadalquivir y la falta de tratamiento de la vegetación han vuelto a ocultar las rocas y hasta la isla entera. Incluso los eucaliptos -resto de un enorme eucaliptal que alfombró durante décadas toda esa margen del río- se pierden ahora entre la vegetación que ha colonizado e invadido el islote.
Hace unos días echamos al río nuestras piraguas con destino a la isla de las Esculturas. Ingenuamente, pretendíamos abrir un claro entre las cañas y las zarzas que ocupan los pocos espacios que dejan libres los árboles que amurallan el islote y acceder a tierra para, una vez allí, despejar la maleza que oculta las doce piedras. Tras varias horas de esfuerzo, concluimos que se trata de una tarea ingente, que, tras lustros de abandono, se antoja inabordable con nuestros medios, y que es necesaria mucha mano de obra y el empleo de maquinaria especializada no solo para la eliminación de la vegetación, sino también para la limpieza de las obras de arte, ennegrecidas por los años, la acción de animales y plantas y las crecidas del río.
Lo único que podemos hacer es exigir a las instituciones que actúen en un espacio de altísimo valor cultural, histórico y medioambiental. Que eviten que estas otras doce piedras viajen, otra vez, de la historia a la leyenda.
Hay algunas fotos de la jornada en este enlace.

PD. Aunque las esculturas presentan un lamentable estado de conservación, es de justicia recordar a los autores que las esculpieron: Mohamad Bajano (Siria), autor de la escultura «La vida», dedicada a los cuatro elementos, con figuras de animales; Antoine Basbous (Rachana, Líbano, 1961), autor de «Esperanza»; Nagi Farid (El Cairo, Egipto, 1964), autor de «Piedra y sol»; Frederic Gómez Cardellà (Sant Cugat del Vallès, España, 1957), «Intro» (la que tiene una abertura a modo de ventana); Lawrence Gundabuka (Sidney, Australia, 1957), autor del torso de mujer que, según él asegura, representa la «Pierna derecha de la bailarina Helvia Ruiz Díaz»; Majid Jammoul (Siria, 1947), autor de «Flamenco» (dos amantes abrazados bailando); Gualtiero Mocenni (Pola, Italia, 1935), autor de «La columna cordobesa»; Fernando Pinto (Cali, Colombia, 1975), autor de la «Cabeza de un guerrero»; Quim Rifà (Barcelona, España, 1974), autor de la escultura de elementos geométricos; Jivko Sedlarski (Elkhovo, Bulgaria, 1958), autor de «Galatea»; José María Serrano Carriel (Córdoba, España, 1972), autor de «El caminante» (el pie izquierdo) y su hermano, Noé Serrano (Córdoba, España, 1973), autor del brazo de animal fantástico con tres dedos.
Ah, y para quienes lo hayan olvidado, este de la izquierda era el aspecto de la isla de las Esculturas en el momento en que se erigieron las obras.

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