De Alcolea al Puente Mocho

Los escasos cinco kilómetros que separan -por el río- el azud de Alcolea de la presa de San Rafael de Navallana reúnen tantos elementos atractivos que hacen de este tramo una travesía absolutamente imprescindible.
Embarcamos en el azud y nos dispusimos a navegar río arriba. Desde el s XV hay referencias sobre la existencia de azudes en este enclave para encauzar el caudal hacia los molinos harineros, las aceñas y los batanes que aprovechaban estas aguas; la presa actual conduce la corriente hasta una central hidroeléctrica.
El primer kilómetro de navegación nos permitió pasar bajo dos puentes: primero, el puente de hierro del ferrocarril (una extraordinaria obra de ingeniería) y, un poco después, el Puente de Alcolea, el de las batallas (la de 1808, una de las primeras de la guerra de la Independencia, que obstaculizó la marcha triunfal del general Dupont; o la batalla de 1868, la que le costó el reino y el exilio a Isabel II). Aunque este puente data del reinado de Carlos III (1785-1792), es muy probable que en este lugar existiera un paso sobre el Guadalquivir desde tiempos de los romanos.
Escoltados por unos frondosos sotos, alcanzamos la estación elevadora que, con alguna dificultad, conseguimos portear para continuar el camino. Un kilómetro más tarde, alcanzamos la desembocadura del Guadalmellato, el río Armelata (Armilata, Armillata o Armillat) de los romanos. El Guadalmellato nace en Villanueva del Duque y se embalsa dos veces: en el pantano del Guadalmellato (donde recibe la aportación de, entre otros, los ríos Cuzna y Varas) y en el embalse de San Rafael de Navallana.
Mucho debe de haber cambiado este río desde el s XVII, cuando Luis de Góngora inició un romance con estos versos:
En la pedregosa orilla
del turbio Guadalmellato,
que al claro Guadalquivir
le paga el tributo en barro […]
Hoy, al menos en este tramo, las piedras y el lodo deben estar ocultos bajo los juncos y los carrizos que invaden las orillas y buena parte del cauce.
Muy cerca de su desembocadura, pasamos bajo el viaducto de la línea de alta velocidad y, quinientos metros después, bajo los arcos milenarios del Puente Mocho.
De origen romano, este puente formó parte de la Vía Augusta, la que llegaba a Cádiz desde los Pirineos después de pasar por Tarraco, Sagunto y Corduba. Durante la Edad Media -abandonado el viario romano- sobre el Puente Mocho pasaba un camino califal de Qurtuba/Córdoba a Tulaytula/Toledo, bautizado después como Camino Real de la Plata (o de las Ventas) que fue la principal vía de comunicación entre el Valle del Guadalquivir y la Meseta durante siglos (hasta la apertura del puerto de Despeñaperros en el s XVIII). Hoy utilizan esta pasarela los usuarios de la carretera a Villafranca de Córdoba y los senderistas del cordel de Villanueva.
Llegamos al final del camino en el paredón de la presa del embalse de San Rafael de Navallana (concluida y en funcionamiento desde 1991) y emprendimos el camino de regreso.
Antes de alcanzar -de nuevo- al Puente de Alcolea entramos, por la orilla derecha, por un canal prácticamente oculto entre la vegetación, que nos acercó hasta la antigua “noria de la azucarera“. En 1871, Ricardo Martel, conde de Torres Cabrera, constituyó en esta orilla la colonia agraria de Santa Isabel y la dedicó al cultivo de la remolacha; en 1882 fundó la Azucarera Santa Isabel, la primera fábrica de azúcar de remolacha que hubo en España (funcionó hasta 1907) y en 1883 instaló una noria en el Guadalquivir para proveer a la industria del agua necesaria. Más de un siglo después, la noria de Alcolea presenta un estado de conservación aceptable, a pesar de que -o quizás, gracias a que- las riadas han inutilizado los accesos desde la orilla.
Regresamos al azud y dimos por concluida la travesía. Diez kilómetros por la historia y el patrimonio que realmente merecen la pena.

Puedes ver las fotos de esta travesía en este enlace.

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